
Una mirada más
Estas fiestas patrias he ido por segunda vez con mi madre al parque de las leyendas y aunque la idea inicial era irme de viaje a algún lugar, por extraño que parezca, pasar momentos con ella ha sido como remontarme en el tiempo, pasear por la jaula del jaguar, caminar frente a los loros o reírnos con cada gracia de los monos han sido minutos de grato placer. Ese martes 28 al parecer muchos pensaron como yo, quisieron llevar a quienes más quieren a algún lugar especial, de allí que el parque estaba que reventaba de gente. Estábamos camino hacia el corral de los búfalos y fiel a mi extraña debilidad por distraerme hizo que por unos segundos le perdiera el paso a mi madre. El corazón se me aceleró.
Sentí que la perdía otra vez.
La primera fue cuando tenía 7 años y era mi segunda vez en Lima, habíamos ido con toda la familia al parque de las leyendas, la bulla de los papagayos atrajo demasiado mi atención e hizo que me pare frente a ellos cuando el resto del grupo seguía de largo hacia otra jaula, de pronto me encontré solo en el mundo, totalmente desprotegido, recuerdo que caminé como 10 minutos sin sentido y desconsolado con mis ojos llenos de lágrimas y un llanto que desde los más profundo ansiaba volverla a ver, y cuando me disponía a sentarme a seguir llorando apareció ella con su clásico pantalón acampanado y su blusa azul, me cargo, me secó las lágrimas, me peinó y me besó. Desde aquella vez nos hemos separado innumerables veces, casi siempre porque yo lo he querido así
Me he mudado a un departamento hace un año y medio y desde que me fui de casa hablamos regularmente por teléfono y he encontrado el mejor de los pretextos para visitarla todos los domingos, ir a lavar mi ropa en la vieja lavadora electrolux que aún funciona en el departamento de mi madre.
Este domingo te visitaré y seguramente me hablarás de tu novela, que por fin el galán se besó con la pobre y desconsolada empleada o me preguntarás si pienso viajar a Arequipa a visitar a mi hermano, que mi padre ha hecho otra vez de las suyas. Iremos a comer algo y como otras tantas veces no me dejarás que pague un céntimo de la cuenta, porque en el fondo aún me miras y me proteges como a un niño, y yo me quedaré como otras tantas veces con las ganas de decirte cuánto te amo y te extraño, cuantas cosas quisiera contarte, que estoy aprendiendo a cocinar mejor, que estoy tratando, que ya sé escoger mejor las verduras, la mejor carne. En mi familia mi padre siempre nos enseñó que las palabras cariñosas estuvieran demás, aprendimos a comunicarnos y decirnos cuánto nos amamos a través de la mirada, gestos y actitudes.
Mi madre ya se acerca a la base 6 y aún sigue trabajando con el mismo vigor que cuando lo hizo por primera vez cuando tenía 12 años. Ella tiene un almacén en la victoria y yo me preocupo con eso de la delincuencia, pero por alguna estúpida razón me cuesta decirle que tengo miedo que le ocurra algo. Una señal basta para hacerle saber cuánto la extraño y ella con esa sonrisa a medio dibujar en ese rostro que le ha ganado mil batallas a la vida me dice que sería capaz de cualquier cosa por cada uno de mis hermanos. Y mientras este post va tomando forma de despedida quiero decirte que de ti aprendí lo mejor, de ti aprendí el verdadero concepto de la palabra amor. A tu departamento, seguiré yendo a lavar mi ropa, siempre habrá un pretexto para vernos regularmente, por mientras la compra de la lavadora puede esperar.
